TRES DÍAS EN SEVILLA



Día 1

Era un viaje que rondaba mi mente desde hace algún tiempo porque mi abuelo decía que Sevilla era lo más bonito que habían visto sus ojos.

Cogimos un vuelo en El Prat que salía cinco minutos antes de las siete de la mañana, por lo que a las ocho y media ya estábamos en el aeropuerto sevillano. Desde allí cogimos un autobús (no sé si hay alguna otra manera de llegar al centro, a parte del taxi) que costaba 4 euros por persona y tarda, aproximadamente, media hora.

Este autobús tiene distintas paradas en la ciudad, pero el día que llegamos la última era Sevilla – Santa Justa porque había una maratón que nos desmontó los planes, pues, evidentemente, tampoco circulaban buses urbanos ni taxis y tuvimos que ir caminando desde la estación más famosa de Andalucía hasta el barrio de La Macarena, que era donde teníamos el hotel.

Así que, entre una cosa y otra, cuando llegamos al Hotel La Muralla (a muy buen precio, bien ubicado, acogedor y con un patio andaluz) ya eran pasadas las diez. Así que nos dirigimos a un bar cercano para desayunar que, casualmente, fue uno de los mejores descubrimientos que hicimos, el Bar Plata (calle Resolana, 2), pues sirven unos churros con chocolate que sentaban como mano de santo a finales de febrero. 
Una vez con las pilas cargadas fuimos caminando, unos veinte minutos, hasta el centro de la ciudad, donde nos dejamos inundar por el compás sevillano de la Calle Sierpes, la Plaza Nueva, la Giralda, el Archivo de Indias hasta la Puerta de Jerez y los Jardines de Cristina.






Rondaban las doce del mediodía y, por casualidad, en la misma Puerta de Jerez empezaba un free tour de los que estoy enamorada y adelantamos una de nuestras visitas e hicimos el recorrido del barrio de Santa Cruz, visitando el Patio de banderas, el Hospital de los venerables, el callejón del Agua, la calle Susona, la plaza de Santa Cruz y la Iglesia de Santa María La Blanca.

No sé si seréis muy fans de este tipo de recorrido guiados, pero me atrevería a decir que visitar el Barrio Judío de Sevilla sin hacerlo (o sin tener la información suficiente de la historia que se esconde entre sus callejuelas blancas y estrechas) es perder el 80% de la esencia. Así que este es obligatorio.

La guía nos recomendó comer por la calle Mateos Gago, porque, aunque había algún bar o restaurante enfocado a los turistas, la mayoría era para gente local y acabamos en la Taberna Álvaro Peregil, la cual os la recomiendo mil veces. Obligatorio el salmorejo que sirven, las migas y el vino de naranja.

A las cuatro empezaba otro Tour que había reservado con antelación con la compañía Heart of Sevilla (menos el primero, el resto de tours los hicimos con ellos). El recorrido Sevilla Monumental que empezaba en la Plaza de la Encarnación (o Las Setas) visitaba El Salvador, el Ayuntamiento, el Archivo de Indias, el Alcázar de Sevilla, el Triángulo Patrimonio de la Humanidad, la Fábrica de Tabaco y terminaba en la joya de Sevilla: la Plaza España y el Parque María Luisa.

Nos quedamos sin palabras al ver tanta majestuosidad y belleza inefable en una plaza y nos sentamos, cual buenas turistas, en el banco de nuestra provincia. Además, en aquel momento había un hombre tocando una flauta de pan y el ambiente que se respiraba era inconmensurable y melifluo.

No nos pudimos detener todo el tiempo que nos hubiera gustado porque a las siete menos cuarto teníamos otro tour llamado El río y Triana: América, flamenco, toros, ópera y religión cuyo punto de partida era la Torre del Oro. En el tercer y último tour del día (no del viaje) visitamos la propia Torre del Oro, el Hospital de la Caridad, la Maestranza, la Torre de Plata, el Puente de Triana y el barrio al que debe el nombre. Asimismo, no pasamos por alto de la Calle Betis y de algunas iglesias que hay por allí, como la Iglesia de Santa Ana.


Con la broma, ya eran casi las nueve y media. Cogimos un taxi que nos llevó de vuelta a La Macarena y cenamos por allí y así, entre tapa y tapa, pusimos fin al primer día que, recordemos, había empezado bien temprano en El Prat.

Día 2

El segundo día empezó en el Bar Plata con otras porras con chocolate y con una tosta de jamón. Después de cargar las pilas, cogimos un bus que nos llevó hasta la Torre del Oro que la visitamos porque era lunes y el primer día de la semana es gratuito, pero que, realmente, no vale demasiado la pena. De hecho, las vistas desde arriba no son excesivamente buenas y lo que hay dentro son distintas maquetas de barcos y retratos de distintos monarcas. 

Nos relajamos en la orilla del Guadalquivir y, aún siendo febrero, pudimos ir en manga corta. Qué placer, el del sur. 

A las doce y media empezaba el último Free Tour de nuestro viaje, La Macarena: de Sevilla al cielo, que iba a visitar algunas de las iglesias más antiguas de Sevilla, la Alameda de Hércules, la Calle Feria, el Omnium Santcorum y La Macarena.

Por la tarde, a las cuatro fuimos a visitar el Real Alcázar de Sevilla, que, si compras la entrada con antelación, los lunes por la tarde solo cuestan un euro, cuando lo normal son 11,50€. La ventaja es, evidentemente, el precio; el inconveniente es que dispones de poco tiempo para verlo todo. Así que, si algún día vuelvo a Sevilla, que volveré, iré por la mañana con más tiempo.

De ahí, fuimos otra vez al barrio de Santa Cruz a perdernos por sus callejones y a visitar, por dentro, la Iglesia de Santa María La Blanca, porque el día anterior nos quedamos solo con su fachada y vale la pena, diferente a todo edificio religioso y con esencia del sur. Y su interior, cabe decirlo, nos sirvió de refugio para la lluvia que empezaba a caer, pero que se disipó al poco tiempo.

Del barrio judío fuimos hacia Las Setas para subir al mirador. La entrada cuesta tan solo tres euros e incluye un refresco en un bar cercano y un obsequio de la tienda de recuerdos que es una postal de Sevilla. La verdad es que el edificio puede desentonar un poco con la composición de la ciudad andaluza, pero las vistas desde ahí son casi de cuento. 




La tarde ya caía y fuimos hacia la Calle Céspedes, a La Carbonería, un lugar donde se ofrece un espectáculo de flamenco gratuito, ideal para aquella gente que va a la ciudad y que no está dispuesta a pagar 30 ó 40 euros, pero que no se quiere ir sin disfrutar de este arte. Allí se puede cenar, el precio es razonable, pero, la verdad, no he ido a Sevilla para comer nachos pudiendo tener papas aliñás o tortillitas de camarones. Cuando fuimos nosotras no hacía ni chispa de frío ni de calor, pero es más que probable que en los meses de verano estar allí sea insoportable.

Así que, después del espectáculo, volvimos a la Taberna Álvaro Peregil y de allí, otra vez al hotel. 


Día 3

Nuestro último día en esta ciudad que nos tenía robado el corazón desde antes de llegar empezaba, como de costumbre, en el Bar Plata con otras porras con chocolate.

De allí, cogimos un autobús hasta Plaza España y el Parque de María Luisa que no habíamos podido ver en su totalidad el día anterior y permanecimos por allí y por sus alrededores un largo rato. De hecho, incluso dio tiempo a que dos gitanas, contra nuestra voluntad, nos acabaran leyendo las manos (la impresión que esto me produjo, me la guardo para mí). 






A continuación, fuimos a la Catedral de Sevilla que la teníamos reservada para el último día y no subimos a La Giralda, pues ya habíamos divisado la ciudad el día anterior desde Las Setas.

Paseamos un rato más por las calles sevillanas, esquivando naranjas en el suelo y coches de caballos y volvimos a llegar a Triana y aprovechamos para comer por allí y, a poco a poco, irnos despidiendo de una de las ciudades españolas con más encanto que he visitado con un amago de melancolía.

Sobre las cinco de la tarde cogimos el bus en la Estación Plaza de Armas rumbo al aeropuerto y, de allí, a Barcelona otra vez. 



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