Tres días en París
Día 1
Tres amigas, dieciocho años y
nuestro primer viaje solas. Durante los últimos meses habíamos dedicado a planear,
casi al milímetro, nuestras setenta y dos horas en la ciudad del amor y le
habíamos puesto todo nuestro entusiasmo.
Estaba claro que algo no iba a
salir bien y es que todo empezó en el aeropuerto: una de nosotras no encontraba
el DNI y, pese ir a la comisaría que hay en El Prat, no le dejaron
embarcar. Ahora, sólo quedábamos dos y los ánimos, por qué no decirlo, por los
suelos, pero se recuperaron un poco al llegar a París Charles de Gualle.
Todo estaba nevado. Nevadísimo. Casi de cuento.
Pero es que, de una comisaría,
pasamos a otra, porque en la parada de metro de Gare du Nord, antes de llegar,
incluso, al hotel, me robaron el bolso con el dinero y con la identificación. Chica
joven, turista, cargada con la maleta… Era la víctima perfecta.
Suerte tuvimos de una señora que
lo vio todo y que nos guio hasta comisaría para interponer la denuncia y el
policía nos dijo que teníamos que ir a la embajada española.
Antes de ir a la embajada, pero,
fuimos a dejar las maletas en el hotel. Nos alojamos en el Hotel Est que, calidad-precio estaba muy bien. Y aunque no era céntrico, porque en París no hay centro,
estaba muy bien comunicado con la estación de Gare du Est a tres minutos.
Al llegar a la embajada nos
dijeron que, donde realmente teníamos que ir era al consulado, prácticamente en
la otra punta de la ciudad. La parada de metro, por si alguien algún día la
necesita, es Malesherbes.

DATO: Por si alguna vez perdéis
el DNI fuera de vuestro país y vais al consulado, necesitareis tres fotos de
carné que, evidentemente, no vais a tener, pero dentro hay un fotomatón. Os van
a pedir que volváis al día siguiente cuando ya tengan vuestro salvoconducto.
Después de esta intensa peripecia,
empezamos, de una vez por todas, nuestra visita a París.
Nuestro plan inicial era ir la
primera mañana que pasábamos en la ciudad a Montmartre, pero, en vista de los
acontecimientos, optamos por cambiar la ruta. Así que volvimos a coger el metro
y nos fuimos para la Plaza de la Concordia y visitamos toda aquella zona, incluida
la imperante Madelaine.
A las cuatro teníamos que estar
en las pirámides del Louvre porque ya habíamos reservado un Free Tour (soy
una enamorada de estos recorridos) que nos llevó por los Jardines de las
Tullerías, la Santa Capilla, la Isla de la Cité, el puente de les Arts y muchos
sitios más hasta llegar a Notre Dame. Cabe decir que la ruta fue algo más corta
de lo que ponía en la página de Buendía Tours debido al temporal.
Al finalizar, entramos a la
catedral donde quedamos maravilladas y luego fuimos a la famosísima librería
Shakespeare and Company donde, como buen intento de filólogas que somos, permanecimos durante
un largo rato.
Prácticamente entre libros pusimos fin a nuestro primer día de viaje que había empezado siendo bastante movidito.
Prácticamente entre libros pusimos fin a nuestro primer día de viaje que había empezado siendo bastante movidito.
Día 2
Estuvo toda la noche nevando y
amaneció, aún, la ciudad más blanca que el día anterior.
No habíamos cogido la
opción de desayuno en el hotel lo que nos permitió encontrar un pequeño bar
cerca de la estación donde servían unos auténticos croissants parisinos con chocolate
caliente.
El primer destino de nuestro segundo
día en París era… ¡EL CONSULADO ESPAÑOL! para recoger el salvoconducto que me
permitiera volver a casa. Aunque quedarme unos días más en París tampoco me
hubiera importado…
El resto de la mañana la pasamos
haciendo otro Free Tour con la misma compañía que empezaba en la Plaza de Saint
Michel e íbamos a visitar La Sorbonne, el Pantheon, distintas iglesias y acabamos
justo en frente del Teatro Odeon. Este tour, en principio, también incluía un
pequeño recorrido por los Jardines de Luxemburgo pero que, a causa de la nieve,
estaban cerrados. En ese momento me acordé de que hacía dos semanas habíamos
barajado la posibilidad de hacer, las tres, un pícnic en el césped. JÁ. Comimos
por la zona, una zona bastante cara pero que, si sabes buscar y te metes por
alguna callejuela encontrarás buena comida a buen precio.
Después de comer pusimos rumbo
hacia la Ópera Garnier, cuya entrada tiene un coste de nueve euros pero que merece
muchísimo la pena. Ahí estuvimos unas dos horas mientras hacíamos tiempo para
una de nuestras destinaciones más anheladas: la Torre Eiffel.
Habíamos comprado las entradas en
casa para ahorrarnos colas, pero nos encontramos que el edificio más famoso de
París estaba cerrado, también, por la climatología. Poco después recibí un
correo que decía que me devolverían el dinero, pero… Me lo reembolsaban en la tarjeta
robada (y anulada). Mi banco aún trabaja para saber cómo recuperar el importe
de las entradas.
Vimos encender las luces de la
Torre Eiffel desde el Trocadero, una de las zonas con más encanto de la ciudad
y donde, pese al frío, permanecimos un largo rato. Dimos una vuelta por la zona
y aprovechamos para comprar pastas en una boulangerie. Y, dios mío, qué delicia
de pastas.
Poco después cogimos el metro
para hacer un par de paradas hasta llegar al Arco del Triunfo. No visitamos
demasiado aquella zona, aunque, sentadas en un banco viendo los coches pasar,
reflexionamos sobre la vida.
Para finalizar el día queríamos
ver el Petit y el Grand Palace, el puente de Alexandre III, les Invalidés y la
École Militaire. En el trayecto de un sitio a otro nos llevamos más de un susto
porque lo que durante el día era nieve, ahora ya se había convertido en hielo y
resbalaba.
Era típico ver a niños jugar con
la nieve y hacer muñecos o guerras, pero acabamos hablando con unos chicos que
intentaban construir un iglú y oye, la esperanza es lo último que se pierde.
Día 3
Parecía que la nieve nos daba una
tregua y pudimos comprobar que el sol también llegaba a París y que, sorprendentemente
para nosotras, la Torre Eiffel se veía desde muchos puntos de la ciudad, pero
que los días anteriores la niebla nos la tapaba.
Para la mañana del tercer y
último día habíamos reservado el pintoresco barrio de Montmartre al cual se puede
subir en funicular. Que se pueda subir en funicular no quiere decir que
nosotras no seamos masocas y nos entre la vena curiosa y acabemos subiendo
infinitas escaleras.
CONSEJO: Si tenéis intención de
desayunar por allí, hacedlo antes de subir, aunque los precios os parezcan
exagerados, creedme que, arriba, lo serán más.
Cuando llegamos, los pintores aún
no habían aparecido y, antes de nada, nos comimos una buena crepe de chocolate
que estaba deseando desde que pisé París.
Visitamos Montmartre y habíamos
elegido un buen día porque pudimos contemplar las majestuosas vistas de la
capital. Nos recorrimos la mayoría de las tiendas de souvenirs de la zona y
empezamos a bajar por algunas callejuelas hasta llegar al Moulin Rouge y
habiendo pasado por el famoso café de la película de Amelie.
Ya había pasado mediodía, comimos
en una parada de comida típica francesa y pusimos rumbo al Louvre, donde teníamos
las entradas para las tres de la tarde y donde pasamos las tres horas siguientes
y, aún así, no nos dio tiempo de verlo todo.
Ya se olía el final de nuestro
sueño parisino y volvimos al hotel a recoger las maletas y nos fuimos hacia el
aeropuerto de París Orly.
Nos dejamos cosas por ver y más,
aún, habiendo perdido tiempo entre consulados y embajadas, pero lo más
importante sí que lo pudimos visitar, aunque, de todos modos, ya tenemos la excusa perfecta para volver.
Eso sí, si puede ser en verano y sin nieve, mejor.






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