Troyanas
Que Troya puede ser Alepo o cualquier otra ciudad devastada por el horror de una guerra ya lo sabía antes de que empezara la función y que el texto de Eurípides (versión a cargo de Alberto Conejero) continuaba vigente en la actualidad, también. Y que lo que me encontraría sería una oda a la paz y a las mujeres, también. Menos no se puede esperar de Portaceli, una de las directoras (por no decir las que más) más implicada en la causa de las mujeres. Una causa que, por cierto, es la de todos.
Sobre el escenario nos
encontramos con una T (de Troya) gigante, una T que, para mi gusto, sobraba,
porque si en la proyección que se hace sobre esa estructura son imágenes crudelísimas
pero reales de la actual guerra de Siria, haciendo un claro paralelismo que no
hace falta explicar, no entiendo el sentido de la T, como recordando que la
acción pasa en la antigua ciudad turca, quizá una simple pantalla hubiera sido
más eficaz para hacer llegar el mismo mensaje desgarrador.
Y también nos encontramos
cuerpos sin vida envueltos en sábanas. Los muertos de Troya. O los muertos de
cualquier barbarie.
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Eneas saliendo de Troya, de Federico Barocci
1598
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En este montaje, mujeres como Hécuba, Casandra,
Helena, Andrómaca, Briseida o Políxena, es decir, las mujeres de Troya, toman
la palabra para denunciar a quienes decidieron su destino en la más absoluta
impunidad, quienes las violaron amparados en la guerra o quienes, simplemente,
decidieron sin ni siquiera tenerlas en cuenta de qué manera debían pasar a la
historia.
Una desdichada Hécuba, interpretada
por Aitana Sánchez-Gijón, que se mete a todo el público en el bolsillo desde
que la obra empieza con un desgarrador grito de dolor por su parte. Un dolor
que no es sólo su dolor, que es el dolor de todas las mujeres de Troya, un
dolor que representa el dolor de las mujeres y los hombres que se ven envueltos
en un conflicto de tal magnitud.
Y a su lado estuvieron unas correctas Pepa López, Gabriela Flores, Alba
Flores, Ernesto Alterio (muy notable su interpretación) y Míriam Iscla cuyo
trabajo esta vez ha sido muy reconocido por la crítica. También estaba Maggie
Civantos, y no le perdono a Carme Portaceli que fuera por la vestimenta o por
lo que fuera, que la vieja Hécuba destacara más y que desprendiera más clase,
elegancia o magia que la bella Helena. Y Pablo, debo hacer referencia a la
presencia de Pablo, el niño, que quizá sí daba un tono más melodramático a la
situación, pero que lo rompía con su impasible actuación. Actuación,
obviamente, normal en un niño de siete u ocho años.
En diferentes ocasiones Porteceli había ordenado que al drama de Hécuba lo
acompañaran una serie de coreografías por parte de las actrices restantes, pero
era el Teatre Grec (antes hubo sido el Teatro Romano de Mérida) a decenas de
metros del escenario esos movimientos son incapaces de llegar con fuerza, o no con
toda la fuerza que debería y que estoy segura de que las actrices disponían.
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| Representación en Mérida. |
Troyanas se estrenó en el 63º Festival Internacional de Teatro Clásico de
Mérida, apareció el pasado día 30 de julio en el Teatre Grec de Barcelona,
pasará en agosto por Sagunto y hará temporada en el Teatro Español de Madrid y
probablemente volverán a Barcelona.



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