CUATRO DÍAS EN CÁDIZ


Ahora que Cádiz (o Cái) está de moda porque The New York Times lo ha incluido en su reportaje ’52 Places to Go in 2019’ os voy a contar mis cuatro días de junio en la provincia andaluza.

Hacía algún tiempo que quería ir a Cádiz porque todo el mundo me había hablado muy bien de la capital gaditana y, la verdad, después de haber ido a Sevilla, me quedé con ganas de más del sur.

El viaje lo habíamos planeado con bastante antelación y nuestra idea era alquilar un coche, pero, por hechos que ahora no vienen al caso, no pudimos hacerlo y tuvimos que replantear el viaje de inicio a fin. De todos modos, el no tener coche es una excusa para volver y ver algunos de los pueblos blancos que no visitamos y que nos quedamos con las ganas.

Así pues, aquí van nuestros cuatro días en Cádiz sin coche.

DÍA 1

Cogimos un avión en el aeropuerto del Prat que salía a las 12:25 y que llegaba a las 14:10 a Jerez de la Frontera (Cádiz ciudad no tiene aeropuerto).

Como estábamos a quince minutos de la ciudad de los vinos, decidimos ir allí a pasar la tarde.

Para ir del aeropuerto a Jerez hay diferentes opciones:

·         Línea C1 de Cercanías Renfe. Pese a que es la opción más rápida porque apenas tarda nueve minutos, no optamos por ella porque solo salen tres trenes durante todo el día y teníamos que esperar demasiado tiempo.

·         Bus M-050. Tarda, aproximadamente, media hora, pero nos pasaba lo mismo que con el tren, debíamos esperar más de una hora para coger el bus.

·         Taxi. Fue la opción que finalmente escogimos. Fueron 20 minutos y, entre semana, el trayecto vale 15,30€.

Nos dejó en el centro y entramos en uno de los primeros bares que encontramos. Una vez sentadas dentro, nos dimos cuenta de que estaba repleto de fotos de vírgenes, de los reyes y de toros y toreros; pero ya habíamos pedido y no podíamos huir.


El sol que caía era horroroso (ho – rro – ro – so), pero, aun así, visitamos la Iglesia de San Miguel, la Catedral de Jerez, el antiguo ayuntamiento, la plaza de la Asunción y la Plaza del Arenal donde no pudimos resistirnos a un helado que necesitábamos como agua de mayo. Me hizo gracia que en esa heladería hubiera helado de crema catalana al cual le habían puesto dos banderitas españolas; este hecho contrastaba con haber visto, desde el taxi, una pintada en un muro en la que se leía “els carrers seran sempre nostres”. Sí, en catalán. 
Lo peor de todo fue que, como teníamos el hotel en Cádiz, tuvimos que hacer esta visita exprés de Jerez con las maletas en mano. 


De todos modos, tras comprarme un sombrero y unas gafas de sol (porque siempre que viajo me dejo las gafas de sol en casa) pusimos rumbo a la capital gaditana. Nuestra opción fue coger un tren cercanías de Renfe. El billete Jerez – Cádiz tiene que ser de cinco zonas y vale cuatro euros. El trayecto dura 45 minutos.

Sobre las seis de la tarde ya habíamos llegado a nuestro hotel de Cádiz (Hotel Marqués) que estaba situado en la calle Marqués de Cádiz, que estaba justo en el centro y desde el cual se podía ver la plaza del ayuntamiento.

Una vez instaladas, fuimos a dar una vuelta por la ciudad, por el barrio del Pópulo, la catedral (y haciendo una debida pausa para comprar un granizado) y nos dirigimos hacia la Playa de la Caleta, desde donde pudimos ver uno de los mejores atardeceres de nuestras vidas. 



Continuamos caminando y nos adentramos por algunas callejuelas en busca de algún lugar donde cenar pescaíto frito. Acabamos en el bar Pájaro Pinto, que estaba repleto de gente, situado en la Plaza del Tío de la Tiza. Después de cenar, dimos alguna vuelta más la ciudad, y no tardamos mucho en ir hacia el hotel para poner fin a nuestro primer día agotador, pero, sobre todo, caluroso. 


DÍA 2

Nuestro segundo día empezaba bien temprano, sobre las ocho y veinte, en la Plaza de San Juan de Dios (la del ayuntamiento, vaya) con unos churros con chocolate. No sé cómo nos lo hacemos que siempre acabamos desayunando lo mismo cuando viajamos por España.

Este madrugón venía dado porque a las nueve teníamos que estar en la estación de autobuses de Cádiz para coger un ALSA rumbo a Tarifa. No me preguntéis la razón, pero cuando supimos que no podríamos disponer de coche, acepté a no ir a todos los pueblos que teníamos previstos, pero no quería dejar de visitar Tarifa. Así que el autobús era nuestra única opción.

El madrugón, en parte, hubiera sido evitable porque el bus se retrasó casi una hora, aunque se ve que es habitual. De camino a Tarifa escuchamos en la radio que la Cruz Roja había rescatado una patera con trece personas a bordo y que se dirigían hacia el puerto de Tarifa.

Nos perdimos por las calles blancas y llegamos al mirador de Tarifa desde donde se va África. Justo en esos momentos estaba llegando la embarcación de la Cruz Roja con los inmigrantes y vimos como, por fin, tocaban tierra firme. Cabe destacar el fortísimo viento que soplaba y que, más tarde, nos impediría bañarnos en la playa.

No podíamos irnos de Tarifa sin haber visitado el Castillo de Guzmán El Bueno. Las entradas generales valen 4 euros y con carné de estudiante es algo más barata. La verdad es que vale la pena entrar y pasear por las murallas y su interior.

Una vez visitado el castillo, fuimos a una de las playas de blanca arena y con aguas turquesas que parecían sacadas de un cuento. Ya he dicho que el viento soplaba fuerte y, por eso, los granitos de arena nos daban con fuerza en las piernas. 


Poco después de comer fuimos hacia la estación de autobuses para volver a Cádiz.

La verdad es que me quedé con ganas de hacer snorkel o kitesurf. A la vez que nos quedamos con las ganas de subir a un barco para poder avistar delfines y ballenas o, también, una opción que existía era la de coger un ferry de Tarifa a Tánger (Marruecos) que tarda una hora.

Así pues, Tarifa tiene mil posibilidades, pero nos quedamos con las ganas de mucho por la falta de tiempo.

A las cinco ya habíamos vuelto a Cádiz, fuimos al hotel, nos duchamos y nos dirigimos hacia el puerto para coger un catamarán que nos llevara al Puerto de Santa María. Otra opción era coger el barco hacia Rota, pero nos habían hablado mejor de El Puerto. El precio del catamarán no llega a tres euros.

No estuvimos más de tres horas en la ciudad, pero nos dio tiempo de pasear por el casco histórico, ver el Castillo de San Marcos, que mandó a construir Alfonso X El Sabio. Fuimos por la Plaza de España, entramos a la Iglesia Mayor Prioral y nos dio tiempo, incluso, de disfrutar de otro helado.

Al volver, otra vez, optamos por el catamarán y esta vez era realmente mágica: en la embarcación solo había una pareja de chicas más y vimos como caía el sol sobre la tacita de plata desde el mar solo con el sonido de las olas de fondo.

Cenamos -otra vez- pescaíto frito en el mismo sitio donde habíamos desayunado y ahí pusimos fin a nuestro segundo día en el sur. 


DÍA 3

El tercer día empezaba, aún, más temprano que el anterior. Al no tener coche optamos por hacer una excursión guiada por algunos de los pueblos blancos. Realmente sufría porque no me apetecía que la media edad fuera la típica de una excursión del Imserso pero, sorprendentemente, no fue así y me hice mucho con una chica de mi edad que viajaba sola.

El autobús lo teníamos que coger a las 8:10 desde la Plaza de Sevilla y la compañía por la que optamos fue Civitatis.

En esta excursión se visitaban cuatro de los tantísimos pueblos blancos. Los elegidos fueron: Arcos de la Frontera, Ubrique, Grazalema y Bornos.

EL que más nos gustó fue Ubrique, aunque Grazalema no se quedaba, en absoluto, atrás.

El calor, esta vez, apretaba incluso más que en días anteriores.

Si no tenéis coche aconsejo muchísimo optar por una de estas excusiones si se quieren visitar los pueblos blancos, porque las conexiones de transporte público entre ellos son casi inexistentes.

Sobre las seis de la tarde ya estábamos de vuelta a Cádiz y aprovechamos para continuar visitando la ciudad porque solo lo habíamos hecho la primera tarde. Visitamos las calles céntricas repletas de tiendas, la Peña Flamenca la Perla de Cádiz, nos perdimos por el barrio del Pópulo otra vez y acabamos cenando en el barrio de La Viña. Aquel día había un partido de fútbol masculino España – Irán. Mientras cenábamos se celebró la victoria y la mesa de al lado nos invitó a chupitos. Qué no falte la alegría.

En plena noche, no puede evitar ir a la Playa de la Caleta para empezar a poner fin a nuestro viaje.

DÍA 4

El fin del viaje se acercaba, pero no nos podíamos ir sin visitar el Mercado Central, la Plaza de las Flores y sin subir a la Torre Tavira, desde donde hay unas vistas panorámicas de la ciudad.

Para acabar, fuimos a ver el monumento a la Constitución de 1812.

Una vez por allí, cerca, también, del puerto, comimos algo. Hicimos algo de tiempo, fuimos al hotel y, después, hacia la estación para coger un tren que nos llevaría al aeropuerto. 












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