CINCO DÍAS EN MADRID



Hace poco más de un mes que fuimos -y volvimos- de Madrid. Era mi cuarta vez que visitaba la capital, pero la primera vez que lo hacía con un amigo. Y Madrid, así, se ve diferente.

Fui, por última vez, hace casi dos años, y las que me conocen saben lo enamorada que estoy de la ciudad.

Había preparado este viaje con una ilusión tremenda y llevaba ahorrando prácticamente un año, todo lo que ganaba de las clases particulares, casi íntegramente, iba a una cajita con la etiqueta de Madrid.

DÍA 1

Llegamos a Madrid a las nueve de la mañana sin apenas haber dormido. Planazo, vaya. Compramos una tarjeta de transporte que nos durara los cinco días (no llegó a treinta euros) y fuimos al hotel y, no es broma si digo que la primera parada que hicimos fue en el Primark de Gran Vía. Ellas, consumistas un rato.

Al ser domingo la mayoría de los sitios estaban cerrados, así que pusimos rumbo hacia el Rastro, un mercadillo enorme y, pese al agobio (llevo mal estar rodeada de tanta gente), es uno de los lugares con más encanto de la ciudad que sólo está los domingos por la mañana.

De camino a él, pero, tuve que hacer una parada obligatoria en El maestro churrero (plaza Jacinto Benavente). Este sitio lo descubrí la primera vez que fui a Madrid, hace ya algo más de cuatro años, y no soy capaz de concebir ir a Madrid y no tomarme unos churros con chocolate caliente allí.

De verdad, en ese mercadillo lo mismo venden calzoncillos y devantales que muñecas de porcelana y periódicos de cuando Franco estaba vivo.

Estábamos agotados, y no eran ni las dos de la tarde. Así que decidimos volver hacía nuestro hotel, en la calle Espoz y Mina, que da directamente a la Puerta del Sol, y comimos en la calle Cádiz (donde no sería la última vez que lo haríamos ahí, por la cercanía con nuestra habitación y la variedad de bares). Después, nos echamos la siesta, aunque no durante mucho rato, pero suficiente para recargar las pilas y continuar visitando. Yo no suelo ser partícipe de pasar rato en el hotel cuando puedes andar por las calles, pero, de verdad, era muy necesario.

A las cuatro de la tarde nos empezaba nuestro primer Free Tour del viaje (en total hicimos tres), el de la Ciudad Nueva con la compañía Strawberry Tours.

Durante este recorrido visitamos la Puerta del Sol, con su oso y el madroño (aunque, en realidad, es una osa), la calle Alcalá hasta llegar al Congreso de los Diputados, la Plaza de la Lealtad, la Cibeles, el Museo del Prado y la Puerta de Alcalá, entre muchos otros.

Al finalizar el tour fuimos, irremediablemente, al Parque del Retiro donde visitamos, evidentemente, el lago (y ahora me acuerdo de que no nos subimos a las barcas) y visitamos el hermosísimo Palacio de Cristal.

Después, cogimos el bus 63 (desde Narváez – Ibiza hasta Av. Mediterráneo – Arroyo Fontarrón) y caminamos un poco para llegar a nuestro destino: el Parque del Tío Pío, también conocido como el Parque de las Siete Tetas.

La última vez que fui a Madrid ya intentamos ir, pero era un día lluvioso y nublado y no pudimos divisar la ciudad como ahora teníamos oportunidad. Y, jope, qué bonica eres Madrid.

Al volver cogimos el metro en Vallecas y fuimos hasta Callao. Subimos a la octava planta de El Corte Inglés para ver las tipiquísimas vistas de la Gran Vía.

Poco después, volvimos a la calle Cádiz para cenar unas tostas.

Nuestra intención era salir, de hecho, ya nos habíamos vestido para la ocasión, pero empezó a llover y, con el cansancio, abortamos el plan. Pero hubo más oportunidades.

DÍA 2

Este día empezaba con una gran traición: cambiábamos El Maestro Churrero por la famosa Chocolatería San Ginés. Y madre mía ¡qué chocolate!

Una vez desayunadas, fuimos hacía Ópera que es desde donde salía nuestro segundo Free Tour, también de Strawberry Tours. Empezaba a las 10:30 e íbamos a visitar la Ciudad Vieja. Es decir, pasamos por la Plaza Isabel II, el Palacio Real, la Almudena, el puente de los suicidas, la Plaza de la Cruz Verde, la Plaza de la Vila, el Restaurante Botín y acabamos en la Plaza Mayor.


Después de comer, que comimos con algunas de las personas que habían hecho el tour con nosotras, fuimos hacia el Museo Reina Sofía. Y tengo que decir ahora que este fue un viaje de arte, de mucho arte.

No nos dio tiempo a visitar todo el Reina Sofía, así que se nos quedó una espinita clavada en el corazón.


Sobre las seis queríamos ir a visitar el Palacio Real porque las dos últimas horas son gratuitas, pero había demasiada cola, así que optamos por entrar directamente a la Catedral de la Almudena y, posteriormente, a la cripta. La verdad sea dicha, nos detuvimos un poco bastante, pese a ser un edificio religioso.

Para acabar de consumir las últimas horas de la tarde, pasamos por la Plaza España hasta la zona de San Bernardo en busca de un supermercado para comprar comida no saludable e irnos al Templo de Debod, que es uno de los sitios más mágicos del mundo. 


Estuvimos hablando, comiendo patatas y bebiendo cerveza. No podía pedir más: estaba en mi sitio favorito del mundo con una de mis personas favoritas del mundo.
Al cabo del rato, decidimos ir a cenar, cambiarnos de ropa y, hoy sí, salir de fiesta. Evidentemente, sin duda alguna, optamos por el barrio de Chueca. Aunque también me hubiera gustado ir a algún garito del barrio de las letras.

Acabamos en un pub llamado Truco donde nos flipó mazo el ambiente, como dirían los gatos.

La música era bastante de nuestro estilo (OT y Eurovisión, vaya) aunque también reggaetón y otros como La oreja de Van Gogh. Se quedó una noche bonita, la verdad, aunque no volvimos excesivamente tarde al hotel.

DÍA 3


Nuestro tercer día en Madrid empezó en El maestro churrero. Luego digo que por qué no me entran los pantalones del año pasado.

Fue un día relativamente tranquilo.

Para empezar, entramos en la Iglesia San Antonio de los Alemanes, en Chueca. La entrada vale tan solo dos euros, y vale la pena.

Fuimos a visitar la estación de Atocha y queríamos ver el monumento del 11 M por dentro (quien me conoce sabe que todo el mundo de los atentados me interesa un montón), pero, por razones que desconozco, ese día estaba cerrado.

De allí fuimos caminando hasta El Retiro, caminamos por sus jardines y nos sentamos en un banco rodeado de verde. Qué maravilla.

Ya se nos había hecho casi la hora de comer y pusimos rumbo hacia El Prado, por donde pretendíamos comer, pero la verdad es que resultó bastante complicado encontrar un buen sitio, pero no imposible.

Y, con el estómago lleno, fuimos a visitar el Museo del Prado. Yo también lo había visitado cuando fui a Madrid por primera vez, pero no había cursado la asignatura de Historia del Arte de bachillerato y no lo disfruté como ahora.


En la web de El Prado hay un apartado llamado Planifica tu visita y te recomienda obras para ver según el tiempo que tengas previsto estar. Nosotros estuvimos unas tres horas y, la verdad, salimos con la sensación de haberlo visto (casi) todo.

De allí cogimos el metro hasta nuestro hotel, nos cambiamos y fuimos al Nuevo Teatro Alcalá para ver el musical Billy Eliot. Y a mí, que me apasiona el teatro, pero no los musicales, salí apasionadísima. 


Después de ver la obra, cenamos por Gran Vía y, de allí, a dormir.

DÍA 4

El cuarto día empezó, otra vez, en el Maestro Churrero, pero, a modo giro dramático, no desayunamos churros, sino tostas. En la plaza Jacinto Benavente hay tres locales seguidos (de los mismos propietarios) y en cada uno de ellos se especializan en diferentes cosas: el primero es de tostadas más saludables, el segundo de embutidos y, el tercero y más conocido, el de los churros.

Después de desayunar fuimos al Primark, a comprar lotería Doña Manolita y a otras tiendas por las cuales habíamos pasado de largo con la promesa que volveríamos.

Después fuimos hasta Casa de Campo, oyendo, no muy lejos, el Parque de Atracciones de Madrid. Fue un paseo ameno, pero el problema era el calor de principios de setiembre. Inaguantable.

Para volver, eso sí, cogimos el funicular, que nos fue bien porque nos dejó cerca del Parque del Oeste que también queríamos visitar.

Comimos por allí cerca y después cogimos el metro hasta llegar a la parada de Iglesia (donde, por pura casualidad, me encontré a una chica que conocía) y caminamos un poco hasta el Museo Sorolla que es ultra recomendable. Cabe decir, también, que Sorolla es uno de mis pintores favoritos y que con él no puedo ser imparcial.

Después de este museo, volvimos al Reina Sofía, que nos había faltado ver la tercera y la cuarta planta. Y ahí que nos centramos.

Al acabar, paseamos por la Calle de las Huertas, estuvimos tentados a entrar a un micro abierto y a un karaoke, pero acabamos en una terracita con una cerveza. La vida.

Era nuestra última noche en Madrid, así que queríamos aprovecharla bien. O, lo que es lo mismo, queríamos volver a salir de fiesta por Chueca.

Volvimos a Truco, el pub de Chueca donde ya habíamos estado la primera noche que habíamos salido de fiesta y donde una drag queen hacía un espectáculo con el saxo.

Pero como Truco cerraba relativamente pronto, acabamos en otra discoteca, también de Drags, llamada Delirio, en la Calle Pelayo.  

Fue una de esas noches para recordar toda la vida.

Acabamos la noche, o empezamos la mañana, no lo sé, en la Chocolatería San Ginés, que es 24 horas.

DÍA 5

No habían pasado ni cuatro horas de nuestros últimos churros con chocolate que nos encontrábamos con otros entre los dedos en nuestro sitio de cada mañana.

A las 11 nos empezaba el último tour que hacíamos en Madrid, también a cargo de Strawberry Tours, que nos llevaría por el barrio de las letras.

Fue muy entretenido, a mí, como ex intento de filóloga que soy, me continúa interesando, pero no después de haber dormido tres horas. Pero eso era nuestra culpa. Vistamos la Plaza Santa Ana, la tumba de Cervantes, y muchos otros rincones recónditos de esas callejuelas que, si no te los explican, es más que probable que te pasen desapercibidos.

Hicimos nuestra última comida y divagamos un largo rato en direcciones contrarias a las que, en realidad, teníamos que ir. Llegamos a Antón Martín y luego cogimos un metro hasta Chueca y la calle Fuencarral y otros callejones de alrededor. Entramos en tiendas de ropa, al Taste of America, porque mi amigo resulta que colecciona botes de patatas Pringles, e, incluso, me dio por hacerme un piercing. YOLO.

Cogimos la Gran Vía, pasamos por última vez por el Primark, y volvimos al Templo de Debod donde estuvimos un largo rato, casi hasta que oscureció.

Para cenar fuimos a comer un típico bocadillo de calamares en una de las calles que dan a la Plaza Mayor. Mano de santo.

Ahora sí, empezábamos a apurar los últimos minutos que nos quedaban en la capital y nos dieron las doce de la noche. Ya podía yo decir que había cumplido años en Madrid. Poco después pusimos rumbo a Barcelona.

Comentaris

Entrades populars