Incendios, Teatre Goya



Lo que ocurre cada noche en el Teatro Goya es un verdadero incendio provocado por la majestuosidad de las palabras que un día escribió Wajdi Mouawad sobre un papel para, quizá, luego quemarlo y convertirlo en un verdadero incendio. Quien ha visto o leído otras obras de Mouawad se hace una idea de lo que este hombre, de tan sólo cuarenta y nueve años, ha tenido que ver, oír y vivir.

Cierto es que las interpretaciones son sublimes, Espert, obviamente, es un caso aparte, pero es que, aunque las interpretaciones fueran mediocres, aunque sólo fuera una lectura, las palabras de Mouawad calarían igual, o casi igual, de lo que ya lo hacen y que van directas a algún lugar que no es ni la mente ni el corazón, que provocan una especie de catarsis que es complicada de explicar con palabras. Cierto es, y tengo que decir, que ya había visto Incendis dos veces, por allá el 2012 y la última vez que la hicieron en la Biblioteca de Catalunya y, supongo, que las comparaciones son odiosas y quizá las deje para el final o las obvie, pero para mí fue clave el hecho que ya sabía el desenlace y, quizá por eso, esta vez la obra no caló tanto en mí como lo había hecho las anteriores veces, entraba a la sala y ya sabía cómo iba a salir; pero ver la reacción de la gente, cual experimento sociológico, cuando se descubre todo, os aseguro que me mereció la pena.



La infancia es un cuchillo clavado en la garganta.
Una mujer acaba de morir. Se llamaba Nawal Marwan, Y hoy, en la lectura del testamente, ella abre la puerta a su silencio y a sus secretes, a los misterios dolorosos de una familia. Ha dejado a sus mellizos, Jeanne y Simon, un cuaderno rojo, una chaqueta de tela verde y dos sobres con una petición llena de consecuencias, como las cajas de Pandora, orígenes de males y maravillas, el contenido de las cuales arrastrará a los mellizos hacia un pasado desconocido, hacia un continente lejano, hacia un segundo nacimiento.


Una vez pasado ya el elogio al texto que es un deleite para el alma y para los sentidos, cabe destacar las interpretaciones, al nivel de lo que se espera, pero que, por suerte o por desgracia, quedan eclipsadas por la grandiosidad de la grande Núria Espert, que cierto es que me esperaba una repartición de los personajes distinta; donde ella fuera Nawal durante toda la obra (aquí la influencia que tuve de Incendis, donde Clara Segura hacía diferentes personajes) y que no es, ni mucho menos, la protagonista, pero que, con su magia, con su presencia consigue eclipsar a los que ya hay en escena. Espert logra lo que pocos consiguen, que sin parecer que haga algo, lo hace todo, y ahí reside la magia del teatro, su magia.

Cierto es, también, que la dirección de Mario Gas en ocasiones recordaba a la que un día hizo Oriol Broggi, aunque, obviamente, con sus matices y sus (bastantes) diferencias, y que, como ya he dicho, las comparaciones son odiosas, pero me convenció mucho más la de Broggi. En esta hay momentos que se cambia drásticamente el ritmo de la función en unos momentos, para mí, pocos adecuados y que te rompen los esquemas rítmicos, seguramente es lo que buscaba el director, pero no lo que yo necesitaba en aquel momento.

Puestos a objetar, también, tengo que decir que, bajo mi punto de vista, el Teatro Goya no era el adecuado para representar esta obra, la Biblioteca de Catalunya, obviamente, fue ideal, pero el Teatro Romea también hubiera sido una buena opción, ese ambiente como más clásico, más recogido y personal, y no tan moderno, impersonal y distante (en su interior) como lo es el teatro de la calle Joaquim Costa.

Pese a las diferencias de dirección, con las distintas y excelentes interpretaciones, la iluminación, la escenografía igual de desconcertante que útil y maravillosa, la excelencia y la grandeza del texto, todo junto da, obviamente, un resultado magistral, como era de esperar teniendo en cuenta todo lo anterior, hubiera sido muy raro salir decepcionada del teatro esta vez, pero que, supongo que por haber visto anteriormente la otra versión en catalán, no caló tan hondo en mí, lo que no significa, ni mucho menos, que saliera igual que como había entrado de la sala de teatro. La dureza de la función siempre va a estar ahí.



Autor: Wajdi Mouawad Director: Mario Gas Reparto: Nuria Espert, Laia Marull, Ramón Barea*, Álex García*, Alberto Iglesias, Candela Serrat, Lucia Barrado i Germán Torres Producción: Ysarca S.L  Coproducción: Teatro de la Abadía Con la colaboración de: Teatro del Invernadero Agente de Wajdi Mouawad a España: Ysarca S.L /Pilar de Yzaguirre


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